Sombras

Hacía un tiempo que nuestra familia Rodríguez tenía un buen empleo y una buena casa en la ciudad,  pero una mala temporada les sacudió por completo. Mis padres se quedaron sin un buen trabajo y por ello tuvimos que trasladarnos a un pueblecito en las montañas. A mi padre le habían ofrecido un empleo en una granja y una casa al lado de la granja. La casa era un poco vieja, pero le hicimos unos arreglos y  nuestra nueva casa no quedó tan mal.

 

Nuestros nuevos vecinos en el pueblo dicen que en nuestra casa habitan espíritus, pero ninguno de nosotros hacemos caso de semejantes tonterías.

 

Una noche, nuestra familia dormía plácidamente cuando unos crujidos se oyeron en el desván.

 

Yo me desperté enseguida y pensé que mis padres se habían levantado, pero de repente… una procesión de sombras oscuras pasaron al lado de mi puerta, cada una de esas sombras llevaba una vela en sus manos, todas aquellas sombras parecían tristes y desoladas, cuando ya parecía que todas habían pasado y que aquella procesión llegaba a su fin, aparecieron las dos últimas; me parecían muy familiares, pensé que podía ser algún antepasado mío.

 

De repente, el miedo inundó mi cuerpo, empezaron a caerme gotas de sudor e intentaba no gritar, ni hacer mucho ruido para que aquellas sombras no se percatasen de ese miedo que en aquel momento me estaba inundando; cuando conseguí reunir un poco de valor, salí de la cama y me dirigí al dormitorio de mis padres. Al llegar, vislumbré dos bultos encima de la cama que estaban totalmente quietos, me acerqué un poco ellos.

 

¡Estaban muertos!

 

No sabía qué había sucedido, qué había pasado; en ese momento el miedo se apoderó de mí, volví a mi habitación. Me asomé a la ventana; fuera, en la calle, se oían lamentos y lloros, miré, en la calle estaba toda esa procesión de sombras que antes había pasado por la puerta de mi habitación y en ese momento comprendí que esas dos últimas sombras que antes me habían parecido muy familiares, eran mis padres.

 

Casi desvanecida, cogí una velita que había en mi mesilla, para poder ver mejor me incliné en el alféizar de la ventana, el aire frío de la noche me rozaba la cara, alargué la mano para llamar a mis padres.

 

En ese momento, una nueva sombra se unía a la procesión, era una sombra mucho más pequeña que las demás y qué curioso, llevaba un camisón como el mío.

 

María Melgosa